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miércoles, 23 de marzo de 2011

Moctezuma preso por los españoles.



Habíamos dejado el relato con los españoles como huespedes de honor del Gran Moctezuma, pero ahora (cuenta Bernal Diaz del Castillo), los españoles comienzan a sentir miedo al contemplar una ciudad tan grande, tan bulliciosa y con tan pocas vías de escape. Recordemos que Tenochtitlan está rodeada por un gran lago y se accede a ella por medio de puentes muy anchos, ademas las casas están fundadas sobre el agua, a manera de palafitos, y embarcaciones surcan los canales continuamente. Esto hace cavilar a los españoles, ellos confían en sus amigos, los indios de Tlascala, pero si les cortan el acceso a la ciudad ellos quedaran a merced de los Aztecas. Creen necesario tomar preso a Moctezuma. Vean lo que dice el cronista sobre esto:



"...como teníamos tan esforzados capitanes y soldados apartaron a Cortés en la iglesia cuatro de nuestros capitanes, y juntamente doce soldados de quien él se fiaba y comunicaba, y yo era uno de ellos, y le dijimos que mirase la red y garlito donde estábamos, y la gran fortaleza de aquella ciudad, y mirase las puentes y calzadas, y las palabras de aviso que por todos los pueblos por donde hemos venido nos han dado, de que había aconsejado el Huichilobos a Montezuma que nos dejase entrar en su ciudad y que allí nos matarían. Que mirase que los corazones de los hombres son muy mudables, en especial en los indios, y que no tuviese confianza de la buena voluntad y amor que Montezuma nos muestra, porque de una hora a otra la mudaría, y cuando se le antojase darnos guerra, con quitarnos la comida o el agua o alzar cualquier puente, no nos podríamos valer, y que mira la gran multitud de indios que tiene de guerra en su guarda, y que qué podríamos nosotros hacer para ofenderlos o para defendernos, porque todas las casas tienen en el agua. Pues socorros de nuestros amigos los de Tlascala ¿por dónde han de entrar? Y pues es cosa de ponderar todo esto que le decíamos, que luego sin más dilación prendiésemos a Montezuma, si queríamos asegurar nuestras vidas, y que no se aguardase para otro día.

DE LA PRISIÓN DEL GRAN MONTEZUMA

Como teníamos acordado el día antes prender a Montezuma, toda la noche estuvimos en oración rogando a Dios que fuese de tal manera que redundase para su santo servicio, y otro día de mañana fue acordado dela manera que había de ser.

Ya puestos a punto todos, envióle nuestro capitán a hacerle saber cómo iba a su palacio, porque así lo tenía por costumbre, y no se alterase viéndole ir de sobresalto. Montezuma bien entendió, poco más o menos, que iba enojado por lo de Almería.

Como entró Cortés, después de haberle hecho sus acatos acostumbrados, le dijo con nuestras lenguas: "Señor Montezuma, muy maravillado de vos estoy, siendo tan valeroso príncipe y habiéndonos dado por nuestro amigo, mandar a vuestros capitanes que teníais en la costa cerca de Tuzpan que tomasen armas contra mis españoles, y tener atrevimiento de robar los pueblos que están en guarda y amparo de nuestro rey y señor, y demandarles indios e indias para sacrificar, y matar un español, hermano mío y un caballo."


 No le quiso decir del capitán ni de los seis soldados que murieron luego que llegaron a la Villa Rica, porque Montezuma no lo alcanzó a saber. También le dijo Cortés: "Teniéndole por tan amigo, mandé a mis capitanes que en todo lo que posible fuese os sirviesen y favoreciesen, y vuestra merced, por el contrario, no lo ha hecho. Asimismo en lo de Cholula tuvieron vuestros capitanes, con gran copia de guerreros, ordenado por vuestro mandado que nos matasen. He disimulado lo de entonces por lo mucho que os quiero, y asimismo ahora vuestros vasallos y capitanes se han desvergonzado y tienen pláticas secretas que no queréis mandar matar. Por estas causas no quería comenzar guerra ni destruir esta ciudad. Conviene que para excusarse todo, que luego callando y sin hacer ningún alboroto vayáis con nosotros a nuestro aposento, que allí seréis servido y mirado muy bien, como en vuestra propia casa. Y si alboroto o voces dais, luego seréis muerto por estos capitanes, que no los traigo para otro efecto".

Cuando esto oyó Montezuma, estuvo muy espantado y sin sentido, y respondió que nunca tal mandó que tomasen armas contra nosotros, y que enviaría luego a llamar sus capitanes, y se sabría la verdad, y los castigaría. Luego en aquel instante quitó de su brazo y muñeca el sello y señal de Huichilobos, que aquello era cuando mandaba alguna cosa grave y de peso para que se cumpliese, y luego se cumplía. En lo de ir preso y salir de sus palacios contra su voluntad, dijo que no era persona la suya para que tal le mandase, y que no era su voluntad salir. Cortés le replicó muy buenas razones, Montezuma le respondía muy mejores, y que no había de salir de sus casas.

Como Juan Velásquez de León y los demás capitanes vieron que se detenía con él, y no veían la hora de haberlo sacado de sus casas y tenerlo preso, hablaron a Cortés algo alterados, y dijeron: "¿Qué hace vuestra merced ya con tantas palabras? O le llevamos preso o le daremos estocadas. Por eso, tórnele a decir que si da voces o hace alboroto que le mataremos, porque más vale que de esta vez aseguremos nuestras vidas o las perdamos".

Entonces Montezuma dijo a Cortés: "Señor Malinche, ya que eso queréis que sea, yo tengo un hijo y dos hijas legítimas. Tomadlos en rehenes y a mí no me hagáis esta afrenta. ¿Qué dirán mis principales si me viesen llevar preso?" Tornó a decir Cortés que su persona había de ir con ellos, y no había de ser otra cosa, y en fin de muchas razones que pasaron, dijo que él iría de buena voluntad.

Luego le trajeron sus ricas andas, en que solía salir, con todo sus capitanes, que le acompañaron. Y fue a nuestro aposento, donde le pusimos guardas y velas, y todos cuantos servicios y placeres le podíamos hacer. Luego le vinieron a ver todos los mayores principales mejicanos y sus sobrinos a hablar con él y a saber la causa de su prisión, y si mandaba que nos diesen guerra. Montezuma les respondió que él holgaba de estar algunos días allí con nosotros de buena voluntad y no por fuerza, y que, cuando él algo quisiese, se lo diría, y que no se alborotasen ellos ni la ciudad."

miércoles, 2 de marzo de 2011

Retrato del gran Moctezuma y su corte.


Seguimos la crónica de Bernal Díaz del Castillo, cronista de Hernan Cortes, sobre la conquista de Mexico. En la entrada anterior (Cortés se encuentra con Moctezuma), los españoles son recibidos como dioses y alojados entre los ídolos de Moctezuma, en su templo personal. Ahora asistiremos a la mismísima mesa del emperador Azteca... buen provecho.






DE LA MANERA Y PERSONA DEL GRAN MONTEZUMA Y DE CUÁN GRANDE SEÑOR ERA.


"Era el gran Montezuma de edad hasta de cuarenta años, e buena estatura y bien proporcionado, cenceño y de pocas carnes, y el color no muy moreno, sino propio color y matiz de indio. Traía los cabellos no muy largos, sino cuanto le cubrían las orejas, y pocas barbas, prietas, bien puestas y ralas. El rostro algo largo y alegre, los ojos de buena manera, y mostraba en su persona, en el mirar, por un cabo amor, y cuando era menester, gravedad. Era muy pulido y limpio, bañábase cada día una vez a la tarde. Tenía muchas mujeres por amigas, hijas de señores, aunque tenía dos grandes cacicas por sus legítimas mujeres, que cuando usaba con ellas era tan secretamente, que no lo alcanzaban a saber sino algunos de los que le servían. Era muy limpio de sodomías. 

Las mantas y ropas que se ponía un día no se las ponía sino de tres o cuatro días. Tenía sobre doscientos principales de su guarda en otras salas junto a la suya, y esto no para que hablasen todos con él, sino cuál y cuál, y cuando le iban a hablar se habían de quitar las mantas ricas y ponerse otras de poca valía, más habían de ser limpias, y habían de entrar descalzos y los ojos bajos puestos en tierra, y no mirarle a la cara, y con tres reverencias que le hacían, le decían en ellas: "Señor, mi señor, mi gran señor", primero que a él llegasen. Desde que le daban relación a lo que iban, sin poca palabras les despachaba. 

No le volvía las espaldas al despedirse de él, sino la cara y ojos bajos en tierra, hacia donde estaba, y no vueltas las espaldas hasta que salían de la sala. Otra cosa que vi, que cuando otros grandes señores venían de lejanas tierras a pleitos o negocios, cuando llegaban a los aposentos del gran Montezuma, habían de venir descalzos y con pobres mantas, y no habían de entrar derecho en los palacios, sino rodear un poco por un lado de la puerta del palacio, que entrar de rota batida teníanlo por desacato.

En el comer, le tenían sus cocineros sobre treinta manera de guisados, hechos a su manera y usanza, y teníanlo puestos en braseros de barro chicos debajo, porque no se enfriasen, y que aquello que el gran Montezuma había de comer guisaban más de trescientos platos, sin más de mil para la gente de su guarda.

Oí decir que le solían guisar carnes de muchachos de poca edad, y como tenía tantas diversidades de guisados y de tantas cosas, no lo echábamos de ver si era carne humana o de otras cosas, porque cotidianamente le guisaban gallinas, gallos de papada, faisanes, perdices de la tierra, codornices, patos mansos y bravos, venado, puerco de la tierra, pajaritos de caña, palomas, liebres y conejos, y muchas maneras de aves y cosas que se crían en estas tierras, que son tantas que nos las acabaré de nombrar tan presto.

Dejemos de hablar de esto y volvamos a l manera que tenía en su servicio al tiempo de comer. Es de esta manera: que, si hacía frío, teníanle hecha mucha lumbre de ascuas de una leña de cortezas de árboles, que no hacían humo, y el olor de las cortezas de que hacían aquellas ascuas muy oloroso, y porque no le diesen más calor de lo que él quería, ponían delante una como tabla labrada con oro y otras figuras de ídolos, y él sentado en un asentadero bajo, rico y blando, y la mesa también baja, hecha de la misma manera de los asentaderos.

Allí le ponían sus manteles de mantas blancas y unos pañizuelos algo largos de lo mismo, y cuatro mujeres muy hermosas y limpias le daban aguamanos en unos como a manera de aguamaniles hondos, que llaman xicales; ponían debajo, para recoger el agua, otras a manera de platos, y le daban sus toallas, y otras dos mujeres les traían el pan de tortillas.

Ya que comenzaba a comer, echábanle delante una como puerta de madera muy pintada de oro, porque no le viesen comer, y estaban apartadas las cuatro mujeres; y allí se le ponían a sus lados cuatro grandes señores viejos en pie, con quien Montezuma de cuando en cuando platicaba y preguntaba cosas; y que mucho favor daba a cada uno de estos viejos un plato de lo que a él más le sabía. 


Servíase con barro de Cholula, uno colorado y otro prieto.Mientras que comía ni por pensamiento habían de hacer alboroto ni hablar alto los de su guarda, que estaban en las salas, cerca de la de Montezuma. Traíanle fruta de todas cuantas había en la tierra, mas no comía sino muy poca. De cuando en cuando traían unas como a manera de copas de oro fino con cierta bebida hecha del mismo cacao. Decían que era para tener acceso con mujeres, y entonces no mirábamos en ello; mas lo que yo vi es que traían sobre cincuenta jarros grandes, hechos de buen cacao, con su espuma, y de aquello bebía, y las mujeres le servían al beber con gran acato.

Algunas veces, al tiempo de comer, estaban unos indios corcovados, muy feos, porque eran chicos de cuerpo y quebrados por medio los cuerpos, que entre ellos eran chocarreros, y otros indios que debían de ser truhanes, que le decían gracias, y otros que le cantaban y bailaban, porque Montezuma era aficionado a placeres y cantares. A aquéllos mandaba dar los relieves y jarros del cacao.

Las mismas cuatro mujeres alzaban los manteles y le tornaban a dar aguamanos, con mucho acato que le hacían; y hablaba Montezuma a aquellos cuatro principales en cosas que le convenían, y se despedían de él con gran reverencia que le tenían, y él se quedaba reposando. Cuando el gran Montezuma había comido, luego comían todos los de su guarda y otros muchos de sus serviciales de casa, y me parece que sacaban sobre mil platos de aquellos manjares que dicho tengo.

También le ponía en la mesa tres cañutos muy pintados y dorados, y dentro tenían liquidámbar revuelto con unas yerbas que se dice tabaco. Cuando acababa de comer, después que le habían bailado y cantado y alzado la mesa, tomaba el humo de uno de aquellos cañutos, y muy poco, y con ello se dormía.

Acuérdome que eran en aquel tiempo su mayordomo mayor un gran cacique, que le pusimos por nombre Tapia, y tenía cuanta de todas las rentas que le traían a Montezuma con sus libros, hechos de su papel, que se dicen amal, y tenía de estos libros una gran casa de ellos. Dejemos de hablar de los libros y cuentas pues va fuera de nuestra relación, y digamos cómo tenía Montezuma dos casas llenas de todo género de armas, y muchas de ellas ricas, con oro y pedrería, donde había rodelas grandes y chicas, y unas como macanas, y otras a manera de espadas de a dos manos, engastadas en ellas unas navajas de pedernal, que cortan mucho mejor que nuestras espadas, y otras lanzas más largas que no la nuestras, con una braza de cuchilla, engastadas en ella muchas navajas, que aunque den con ellas en un broquel o rodela no saltan, y cortan, en fin, como navajas, que se rapan con ellas las cabezas.

Dejemos esto y vamos a la casa de aves, y por fuerza me he de detener en contar cada género de qué calidad era, desde águilas reales y otras águilas más chicas y otras muchas maneras de aves de grandes cuerpos hasta pajaritos muy chicos, pintados de diversos colores, y también donde hacen aquellos ricos plumajes que labran de plumas verdes. Las aves de estas plumas tienen el cuerpo a manera de las picazas que hay en nuestra España; llámanse en esta tierra quetzales. Otros pájaros que tienen la pluma de cinco colores, que es verde, colorado, blanco, amarillo y azul; éstos no sé cómo se llaman. Pues papagayos de otros diferenciados colores tenían tantos que no se me acuerdan los nombres.

Dejemos esto y vayamos a otra gran casa donde tenían muchos ídolos y decían que eran sus dioses bravos, y con ellos todo género de alimañas, de tigres y leones de dos maneras, unos que son de hechura de lobos, que en esta tierra se llaman adives, y zorros, y otras alimañas chicas, y todas estas carnicerías se mantenían con carne. Las más de ellas criaban en aquella casa, y les daban de comer venados, gallinas, perrillos y otras cosas que cazaban, y aun oí decir que cuerpos de indios de los que sacrificaban. (...)"



Leyenda de la fundación de Tenochtitlan.

sábado, 5 de febrero de 2011

Cortés se encuentra con Moctezuma.



"...ahora que lo estoy escribiendo se me representa todo
 delante de mis ojos como si ayer fuera cuando esto pasó."
Bernal Díaz del Castillo.


Como podrán ver estoy llenando mi blog con la crónica de Bernal Diáz del Castillo sobre la conquista de México. Esta vez el relato es de la entrada de Cortés a Tenochtitlan y el encuentro cara a cara entre el emperador azteca Moctezuma y Hernan Cortés. 

Podrán notar muchos hechos interesantes: 


-La vestimenta de Moctezuma y como puede llamar la atención a un europeo de esa época todo lo que tenga oro en su composición. 

-La etiqueta de la corte del gran Moctezuma, la reverencia que tenían para con él sus siervos.

-Como ingresan los españoles en la categoría de "Tehules" (dioses).

-Con qué naturalidad Moctezuma les muestra su cuarto secreto donde guarda su mas rico tesoro y sus dioses y como, por su condición de dioses los hace allí quedarse.

-La mediación de Malinche entre el soberano y el español. Tanto así, que Moctezuma al referirse a Cortés le dice  "Malinche".
Leyenda sobre la fundación de Tenochtitlan sacada de un códice




Dice Bernal:
"Luego otro día de mañana partimos de Estapalapa, muy acompañados de aquellos grandes caciques que atrás he dicho. Íbamos por nuestra calzada adelante, la cual es ancha de ocho pasos, y va tan derecha a la ciudad de Méjico, que me parece que no se torcía poco ni mucho, y aunque es bien ancha, toda iba llena de aquellas gentes que no cabían, unos que entraban en Méjico y otros que salían, y los indios que nos venían a ver, que nonos podíamos rodear de tantos como vinieron.

Desde que vimos cosas tan admirables, no sabíamos qué decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que por una parte en tierra había grandes ciudades, y en la laguna otras muchas, y veíamoslo todo lleno de canoas, y en la calzada muchos puentes de trecho a trecho, y por delante estaba la gran ciudad de
Méjico; y nosotros aun no llegábamos a cuatrocientos soldados, y teníamos muy bien en la memoria las pláticas y avisos que nos dijeron los de Huexocingo, Tlascala y Tamanalco, y con otros muchos avisos que nos habían dado para que nos guardásemos de entrar en Méjico, que nos habían de matar desde que dentro
nos tuviesen. Miren los curiosos lectores si esto que escribo si había bien que ponderar en ello. ¿Qué hombres ha habido en el universo que tal atrevimiento tuviesen?

Pasemos adelante y vamos por nuestra calzada. Ya que llegamos donde se aparta otra calzadilla que iba a Cuyuacán, que es otra ciudad, donde estaban unas como torres que eran adoratorios, vinieron muchos principales y caciques con muy ricas mantas sobre sí, con galanía de libreas diferenciadas las de los unos caciques de los otros, y las calzadas llenas de ello. Aquellos grandes caciques enviaba el gran Montezuma adelante a recibirnos, y así como llegaban antes Cortés decían en su lengua que fuésemos bienvenidos.

Desde allí se adelantaron Cacamatzin, señor de Tezcuco, y el señor de Estapalapa, y el señor de Tacuba, y el señor de Cuyuacán a encontrarse con el gran Montezuma, que venía cerca, en ricas andas, acompañado de otros grandes señores y caciques que tenían vasallos.

Ya que llegábamos cerca de Méjico, adonde estaban otras torrecillas, se apeó el gran Montezuma de las andas, y traíanles del brazo aquellos grandes caciques, debajo de un palio muy riquísimo a maravilla, y la color de plumas verdes con grandes labores de oro, con mucha argentería y perlas y piedras chalchihuís, que
colgaban de unas como bordaduras, que hubo mucho que mirar en aquello. 


El gran Montezuma venía muy ricamente ataviado, según su usanza, y traía calzados unas como cotaras, que así se dice lo que se calzan, las suelas de oro, y muy preciada pedrería por encima de ellas.

Venían, sin aquellos cuatro señores, otros cuatro grandes caciques que traían el palio sobre sus cabezas, y otros muchos señores que venían delante del gran Montezuma barriendo el suelo por donde había de pisar, y le ponían mantas porque no pisase la tierra. Todos estos señores ni por pensamiento le miraban en la cara, sino los ojos bajos y con mucho acato, excepto aquellos cuatro deudos y sobrinos suyos que lo llevaban del brazo.

Como Cortés vio y entendió y le dijeron que venía el gran Montezuma, se apeó del caballo, y desde que llegó cerca de Montezuma, a una se hicieron grandes acatos. Montezuma le dio el bien venido, y nuestro Cortés le respondió con doña Marina que él fuese muy bien estado. Paréceme que Cortés, con la lengua doña Marina, que iba junto a él, le daba la mano derecha, y Montezuma no la quiso y se la dio él a Cortés.

Entonces sacó Cortés un collar que traía muy a mano de unas piedras de vidrio, que ya he dicho que se dicen margaritas, que tienen dentro de sí muchas labores y diversidad de colores, y venía ensartado en unos cordones de oro con almizcle porque diesen buen olor, y se lo echó al cuello al gran Montezuma, y cuando se lo puso le iba a abrazar, y aquellos grandes señores que iban con Montezuma detuvieron el brazo a Cortés que no le abrazase, porque lo tenían por menosprecio.



Luego Cortés, con la lengua doña Marina, le dijo que holgaba ahora su corazón en haber visto un tan gran príncipe, y que le tenía en gran merced la venida de su persona a recibirle y las mercedes que le hace a la continua.

Entonces Montezuma le dijo otras palabras de buen comedimiento, y mandó a dos de sus sobrinos de los que le traían del brazo, que eran el señor de Tezcuco y el señor de Cuyuacán, que se fuesen con nosotros hasta aposentarnos. Montezuma con los otros dos sus parientes, Cuedlavaca y el señor de Tacuba, que le acompañaban, se volvió a la ciudad, y también se volvieron con él todas aquellas grandes compañías de caciques y principales que le habían venido a acompañar.

Quiero ahora decir la multitud de hombres, mujeres y muchachos que estaban en las calles y azoteas y en canoas en aquellas acequias, que nos salían a mirar. Era cosa de notar, que ahora que lo estoy escribiendo se me representa todo delante de mis ojos como si ayer fuera cuando esto pasó.

Dejemos palabras, pues las obras son buen testigo de lo que digo, y volvamos a nuestra entrada en Méjico, que nos llevaron a aposentar a unas grandes casas donde había aposentos para todos nosotros, que habían sido de su padre del gran Montezuma, que se decía Axayaca, adonde en aquella sazón tenía Montezuma
sus grandes adoratorios de ídolos y una recámara muy secreta de piezas y joyas de oro, que era como tesoro de lo que había heredado de su padre Axayaca, que no tocaba en ello. Nos llevaron a aposentar a aquella casa porque, como nos llamaban teúles y por tales nos tenían, estuviésemos entre sus ídolos. Sea de una
manera o sea de otra, allí nos llevaron, donde tenían hechos grandes estrados y salas muy entoldadas de paramentos de la tierra para nuestro capitán, y para cada uno de nosotros otras camas de esteras y unos toldillos encima.

Como llegamos y entramos enun gran patio, luego tomó por la mano el gran Montezuma a nuestro capitán, que allí le estuvo esperando, y le metió en el aposento y sala a donde había de posar, que le tenía muy ricamente aderezada para según su usanza. Tenía aparejado un muy rico collar de oro de hechura de  camarones, obra muy maravillosa, y el mismo Montezuma se lo echó al cuello a nuestro capitán Cortés, que tuvieron bien que mirar sus capitanes del gran favor que le dio.

Cuando se lo hubo puesto, Cortés le dio las gracias con nuestras lenguas, y dijo Montezuma: Malinche, en vuestra casa estáis vos y vuestros hermanos. Descansad. Luego se fue a sus palacios, que no estaban lejos.

Nosotros repartimos nuestros aposentos por capitanías, y nuestra artillería asestada en parte conveniente, y muy bien platicado la orden que en todo habíamos de tener, y estar muy apercibidos, así los de caballo como todos nuestros soldados. 


Fue ésta nuestra venturosa y atrevida entrada en la gran ciudad de Tenustitlán Méjico, a ocho días del mes de noviembre, año de Nuestro Salvador Jesucristo de 1519.

Diego Rivera: La gran ciudad de Tenochtitlan. (detalle) 1945

jueves, 3 de febrero de 2011

Malinche conoce a Cortés.




Hay personajes históricos que después de pasados muchos años, su caso histórico debe ser revisado y su memoria restablecida. Algunos personajes han merecido una memoria de sombras y se ganaron el bronce(como la figura de algunos caudillos americanos del siglo XIX). Otros tuvieron una actuación de acuerdo a las circunstancias que les tocó vivir, y por esa razón, por jugar con las cartas que le tocó, sufrieron el desprecio de los que escribieron la historia. El revisionismo histórico crítico de estos últimos tiempos no es suficiente en contra de la historia oficial, la que escriben los que ganan las batallas del poder. 

Voy a dedicar dos entradas en mi blog a la figura de una persona que para muchos es mala palabra, pero como creo en este personaje le daré una oportunidad de ser vista (como pocas veces creo yo), en una memoria reconstruida ante la historia. ¿A quien no le gustaría que se le brinde algún día una oportunidad así, el ser absuelto por la historia?.

Malinche, Doña Marina en cristiano, malintzin en nahuatl, es este personaje en cuestión. Su imagen es la figura mas controvertida de Mexico. Una traidora, la que renegó de su raza, la que entregó a sus hermanos a los conquistadores. Dese la oportunidad de conocerla, de sufrir sus desventuras y ponerse un poco en su lugar.

Aquí les presento la crónica del ya conocido por nosotros Bernal Díaz del Castillo, el escriba de Cortés, contándonos como llegó Malinche a conocer a Hernán Cortés. Nótese el hecho de la ascendencia "real" que traía esta mujer y el motivo por el cual fue echada de su tribu.

"CÓMO VINIERON TODOS LOS CACIQUES Y CALACHIONIS DEL RÍO DE GRIJALVA Y TRAJERON UN PRESENTE

Otro día de mañana, vinieron muchos caciques y principales de aquel pueblo de Tabasco y de otros comarcanos, haciendo mucho acato a todos nosotros, y trajeron un presente de oro.


No fue nada todo este presente en comparación de veinte mujeres, y entre ellas una muy excelente mujer, que se dijo doña Marina, que así se llamo después de vuelta cristiana. Cortés recibió aquel presente con alegría, y se apartó con todos los caciques y con Aguilar, el intérprete, a hablar, y les dijo que por aquello que traían se lo tenía en gracia; mas que una cosa les rogaba, que luego mandasen poblar aquel pueblo con toda su gente y mujeres e hijos. Lo otro que les mandó fue que dejasen sus ídolos y sacrificios, y respondieron que así lo harían; y les declaramos con Aguilar, lo mejor que Cortés pudo, las cosas tocantes a nuestra santa fe, y cómo éramos cristianos y adorábamosen un solo Dios verdadero. Se les mostró una imagen muy devota de Nuestra Señora con su hijo precioso en los brazos, y se les declaró que en aquella santa imagen reverenciamos, porque así está en el cielo y es madre de Nuestro Señor Dios.


(.......)


También les preguntó de qué parte traían oro y aquella joyezuelas. Respondieron que hacía donde se pone el sol, y decían Culúa y Méjico, y como no sabíamos qué cosa era Méjico ni Culúa dejámoslo pasar por alto. El mismo fraile, con nuestra lengua Aguilar, predicó a las veinte indias que nos presentaron muchas buenas cosas de nuestra santa fe, y que no creyesen en los ídolos que de antes creían, que era malos y no eran dioses, ni les sacrificasen, que las traían engañadas, y adorasen a Nuestro Señor Jesucristo. Luego se bautizaron, y se puso por nombre doña Marina a aquella india y señora que allí nos dieron, y verdaderamente era gran cacica e hija de grandes caciques y señora de vasallos, y bien se le parecía en su persona. Diré más adelante cómo y de qué manera fue allí traída.

Las otras mujeres no me acuerdo bien de sus nombres, y no hace el caso nombrar algunas; mas éstas fueron las primeras cristianas que hubo en la Nueva España, y Cortés las repartió a cada capitán la suya y a esta doña Marina, como era de buen parecer y entremetida y desenvuelta, dio a Alonso Hernández Puertocarrero, y cuando fue a Castilla estuvo la doña Marina con Cortés y hubo en ella un hijo que se dijo don Martín Cortés.

Antes que más meta la mano en lo del gran Montezuma y su gran Méjico y mejicanos, quiero decir lo de doña Marina, cómo desde su niñez fue gran señora y cacica de pueblos y vasallos. Es de esta manera: que su padre y madre eran señores y caciques de un pueblo que se dice Painla. Murió el padre quedando muy niña, y la madre se casó con otro cacique mancebo, y hubieron un hijo y según pareció, queríanlo bien al hijo que habían habido. Acordaron entre el padre y la madre darle el cacicazgo después de sus días, y porque en ello no hubiese estorbo, dieron de noche a la niña doña Marina a unos indios Xicalango, porque no fuese vista, y echaron fama que se había muerto. En aquella sazón murió una hija de una india esclava suya, y publicaron que era la heredera; por manera que los de Xicalango la dieron a los de Tabasco, y los de Tabasco a Cortés.

Como doña Marina en todas las guerras de la Nueva España, Tlascala y Méjico fue tan excelente mujer y buena lengua, como adelante diré, la traía siempre Cortés consigo y la doña Marina tenía mucho ser y mandaba absolutamente entre los indios en toda la Nueva España."



Bernal Díaz del Castillo. "Historia verdadera de la conquista de la Nueva España"

Sobre el mismo tema vea: Dos versiones de Malinche.

Dos versiones de Malinche.


En una entrada del Blog (Malinche conoce a Cortés) había discurrido sobre la figura de esta india legendaria y un poco sobre lo que significa su persona para el México actual y para la comunidad indígena americana. Es tradicional verla como la vende patria, quien facilitó la conquista. Es cierto que no se hubiera logrado nada para España sin la intervención de Malinche, ella fue, como dice Díaz del Castillo, "nuestra lengua" ante las diferentes tribus que Cortés encontró en su camino hacia México. Ella tradujo del dialecto Azteca al Maya y el otro interprete, del Maya al español. Su importancia en este hecho no debe ser disminuida de ningún modo. Vease representada su importancia en estos dibujos de la época de la conquista, Malinche aparece siempre mas alta y en el centro de las composiciones. ¿Casualidad?






Visión tradicional:

Octavio Paz tiene palabras especiales recordando a Malinche:

Por contraposición a Guadalupe, que es la Madre virgen, la Chingada (obviamente Malinche)
es la Madre violada... la pasividad [de la Chingada] es aún más
abyecta: no ofrece resistencia a la violencia, es un montón inerte
de sangre, huesos y polvo. Su mancha es constitucional y reside,
según se ha dicho más arriba, en su sexo. Esta pasividad abierta al
exterior la lleva a perder su identidad: es la Chingada. Pierde su
nombre, no es nadie ya, se confunde con la nada, es la Nada. Y sin
embargo, es la atroz encarnación de la condición femenina.
Si la Chingada es una representación de la madre violada, no me
parece forzoso asociarla a la Conquista, que fue también una
violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne
misma de las indias. El símbolo de la entrega es doña Malinche, la
amante de Cortés. Es verdad que ella se da voluntariamente al
Conquistador, pero éste, apenas deja de serle útil, la olvida. Doña
Marina se ha convertido en una figura que representa a las indias,
fascinadas, violadas o seducidas por los españoles. Y del mismo modo
que el niño no perdona a su madre que lo abandone para ir en busca
de su padre, el pueblo mexicano no perdona su traición a la
Malinche.


Este concepto de Malinche lo podemos ver en canciones como "La maldición de Malinche" de Amparo Ochoa la cual pueden ver abajo en la versión del grupo uruguayo "Los Zucará".


Fragmento
(...)

Hoy en pleno siglo XX
nos siguen llegando rubios
y les abrimos la casa
y los llamamos amigos.


Pero si llega cansado
un indio de andar la sierra
lo humillamos y lo vemos
como un extraño por su tierra.


Tu hipócrita que te muestras
humilde ante el extranjero
pero te vuelves soberbio
con tus hermanos del pueblo.


¡Oh! maldición de malinche
enfermedad del presente
¿cuándo dejarás mi tierra?
¿cuándo harás libre a mi gente?

Visión revisada.

Podemos o no estar de acuerdo con Paz, pero si recordamos como habla de ella Díaz del Castillo:



"Como doña Marina en todas las guerras de la Nueva España, Tlascala y Méjico fue tan excelente mujer y buena lengua, como adelante diré, la traía siempre Cortés consigo y la doña Marina tenía mucho ser y mandaba absolutamente entre los indios en toda la Nueva España."



El cronista no nos pinta una mujer violentada y pasiva sobre la cual se pueda ejercer fácil dominio. Todo lo contrario. La escritora Laura Esquivel en su libro "La Malinche", nos presenta una historia, desde su nacimiento, en la cual la india es el producto de años de rechazo, escape, y de esclavitud (recordemos que ella estuvo en manos de los de Tabasco varios años como prisionera y fue cambiada a Cortés junto a 19 indias mas, gallinas, plumas, un poco de oro y maíz). 

La gran pregunta es si Malinche es o no una traidora. Si lo vemos del punto de vista que ayudó a Cortés en contra de los indios que la habían esclavizado y contra los Aztecas que sacrificaban a sus enemigos sin contemplación a sus dioses, entonces, nos deja qué pensar. Ella se dió cuenta que los vientos estaban cambiando en México y jugó con las cartas que tenía a la mano. Era ponerse del lado que ganaría o la muerte. 

Lo cierto que a partir de la mitad del siglo XIX, cuando las mujeres mexicanas se aventuran a escribir y animarse a ser leídas, surge una recomposición de Malinche, ellas no permitirán que la figura de la mujer sea pisoteada en la figura de Malinche que las representa. Se sienten muy identificadas con ella.


Laura Esquivel dice:


"En el subconsciente colectivo, la Malinche juega el papel de la madre y Cortés, el padre, y si pensamos que era una traidora y una prostituta y que él era un ladrón y un asesino, ¿que nos deja? Creo que es importante cambiar nuestra percepción de la Conquista. Debemos dejar de vernos a nosotros mismos como "víctimas" de los españoles. El proceso de la conquista fue doloroso, sí, pero también fue la base de un cruce maravilloso. Fue el encuentro de dos mundos, de dos sistemas de creencias.El Imperio Azteca se entregó a una idea, no a un grupo de soldados. Su reverencia de los españoles y la forma en que renunció a su imperio son pruebas de cómo creían que los españoles eran dioses volviendo desde la eternidad para recuperar sus tierras y personas. Los aztecas deben haber sentido mucha culpa y temor al castigo por haber traicionado la herencia espiritual de los toltecas, y estos sentimientos influido en el resultado de la conquista. Del mismo modo, la idea que tenemos sobre nuestro pasado afecta nuestra autoestima. ¿Cómo podemos ser buenos si nuestros padres estaban tan mal? Este es el tipo de pensamiento que debemos cambiar. Es importante revisar la historia, para verlo con otros ojos y, con suerte, descubrir que la sangre en nuestras venas es la sangre de todas las sangres, que nuestra piel contiene todos los colores, para que nuestros ojos contienen todas las miradas, para que en México, por la primera vez, la historia de Europa, Asia, África y América se reunieron. Si viéramos las cosas de esta manera, ¿no nos sentimos orgullosos de nuestro pasado?"

El historiador mexicano Juan Molinar presenta la visión clásica, histórica, (no solo popular) mediante su biografía La Malinche. Molinar estimó que la Malinche fue la primera soldadera en la historia de su país, "digna de figurar en la galería de mujeres ilustres, no solamente de México, sino del mundo entero".

"El 8 de noviembre de 1519, cuando Cortés hizo su entrada en el baluarte de Moctezuma, la única mujer presente fue ella", subrayó el historiador.

La Malinche era "una mandona, mujer de fuerte personalidad, a quien los años de esclavitud no lograron nulificar", teorizó Molinar.

Molinar destacó que "Doña Marina" vivió con Cortés y tuvo sus propias criadas, e incluso aventuró que la indígena pudo llegar a luchar contra los aztecas en la noche en que los españoles huyeron de Tenochtitlán.

"Tuvo una relación muy efímera", reconoció Molinar, "pero dio a luz a Martín, que entró en la orden de Santiago (en España) como comendador", un honor que muy pocos lograban en esa época, y mucho menos un mestizo nacido en el Nuevo Mundo.

La Malinche simboliza el nacimiento del México mestizo. Molinar se limita a hablar del pasado y la califica "de abuela de México, le pese a quien le pese".

El sueño de la Malinche. Ruiz.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Divide y vencerás. El juego de Cortés.



Nicolas Maquiavello en su libro "El Príncipe" nos deja muchas frases curiosas, máximas que debería usar un soberano para gobernar con  justicia a su pueblo. La crítica histórica de su obra la podríamos dejar para otra entrada del Blog porque es muy interesante y merece acometerse en un estudio mas serio. Una de esas frases que han hecho historia es "Divide y vencerás" y alude a "descomplejizar" un todo dividiendo este en partes mas pequeñas, tantas como sea necesario para alcanzar la victoria. En el campo de la guerra se aplica a dividir al enemigo o simplemente aprovechar su falta de unidad entre ellos para que, el sabio guerrero que conoce este principio se beneficie en fuerza sobre ellos. Todo esto por supuesto con una evaluación previa del adversario, sus puntos débiles y flaquezas. 


El mejor exponente en la división del enemigo y que ha sabido utilizar esta máxima es el conquistador de México, Hernan Cortés. Elegí un texto de la Crónica que escribió Bernal Díaz del Castillo, "Historia verdadera de la conquista de la Nueva España", donde se plasma de manera asombrosa el proverbio en cuestión. Notese como Cortés aprovecha la situación para dejar en jaque psicológico a Moctezuma, usando el descontento de los pueblos afectados por la dominación Azteca. El juego de Cortés lo podemos ver a partir de este acontecimiento:




"Vinieron donde Cortés estaba, y le sahumaron ya los soldados que cerca de ellos estábamos, y con grandes reverencias le dicen que les perdones que no han salido a recibirnos, que fuésemos bien venidos y que reposásemos.

Estando en estas pláticas vinieron luego a decir a Cortés que venía el cacique gordo de Cempoal en andas y a cuestas de muchos indios principales. Y desde que llegó el cacique estuvo hablando con Cortés juntamente con el cacique y otros principales de aquel pueblo, dando tantas quejas de Montezuma, y contaba de sus grandes poderes, y decíalo con lágrimas y suspiros, que Cortés y los que estábamos presentes tuvimos lástima. Además de contar por qué vía les había sujetado, que cada año les demandaban muchos hijos e hijas para sacrificar, y otros para servir en sus casas y sementeras y otras muchas quejas que fueron tantas, que ya no se me acuerda; y que los recaudadores de Montezuma les tomaban sus mujeres e hijas, si eran hermosas, y las forzaban; y que otro tanto hacían en toda aquella tierra de la lengua totonaque, que eran más de treinta pueblos.

Estando en estas pláticas vinieron unos indios del mismo pueblo muy de prisa a decir a todos los caciques que allí estaban hablando con Cortés cómo venían cinco mejicanos que eran los recaudadores de Montezuma; y desde que lo oyeron se les perdió la color y temblaban de miedo. Dejan solo a Cortés y los salen a recibir; y de presto les enraman una sala y les guisan de comer y les hacen mucho cacao que es la mejor cosa que entre ellos beben.

Estando en esto, Cortés preguntó a doña Marina y a Jerónimo de Aguilar, nuestras  lenguas,  que  de  qué  estaban  alborotados  los  caciques  desde  que vinieron  aquellos  indios,  y  quién  eran.  Y  doña  Marina,  que  muy  bien  lo entendió, se lo contó lo que pasaba. Luego Cortés mandó llamar al cacique gordo y a todos los más principales, y les dijo que quién eran aquellos indios, que les hacían tanta fiesta; y dijeron que los recaudadores del gran Montezuma, y que vienen a ver por qué causa nos habían recibido sin licencia de su señor, y que les demandaban ahora veinte indios e indias para sacrificar a su dios Huichilobos porque les dé la victoria contra nosotros, porque han dicho que dice Montezuma que los quiere tomar para que sean esclavos. Cortés les consoló, y que no tuviesen miedo que él estaba allí con todos nosotros y que los castigaría.

CÓMO  CÓRTES  MANDÓ  QUE  PRENDIESEN  AQUELLOS  CINCO RECAUDADORES DE MONTEZUMA

Cuando los caciques lo oyeron, estaban espantados de tal osadía, mandar que los mensajeros  del  gran  Montezuma  fuesen  maltratados.  Y  todavía  Cortés  los convocó para que luego los echasen en prisiones, y así lo hicieron.

Además de esto mandó Cortés a todos los cacique que no le diesen más tributo ni obediencia a Montezuma, y que así lo publicasen en todos los pueblos de aquella provincia.

A medianoche mandó llamar Cortés a los mismos nuestros soldados que los guardaban y les dijo: ?Mirad que soltéis dos de ellos, los más diligentes que os parecieren, de manera que lo sientan los indios de estos pueblos?, y que se los llevasen a su aposento. Después que los tuvo delante les preguntó con nuestras lenguas que por qué estaban presos y de qué tierra eran, como haciendo que nos los conocía. Y respondieron que los caciques de Cempoal y de aquel pueblo, con su favor y el nuestro los prendieron.

Cortés respondió que él no sabía nada, y que le pesaba de ello, les mandó dar de comer y les dijo palabras de muchos halagos y que se fuesen luego a decir a su señor Montezuma cómo éramos todos nosotros sus grandes amigos y servidores.

Los dos prisioneros respondieron que se lo tenían en merced y que tenían miedo que los tornarían a las manos, porque por fuerza han de pasar por sus tierras.

Luego mandó Cortés a seis hombres de la mar que esa noche los llevasen en un batel obra de cuatro leguas de allí, hasta sacarlos a tierra segura, fuera de los términos de Cempoal. Cuando amaneció y los caciques de aquel pueblo y el cacique gordo hallaron de menos los dos prisioneros, querían muy de hecho sacrificar los otros tres que quedaban, si Cortés no se los quitara de su poder.
Hizo del enojado porque se habían huido los otros dos, y mandó traer una cadena del navío y echólos en ella, y luego los mandó llevar a los navíos y dijo que él los quería guardar, pues tan mal cobro pusieron en los demás. Desde que los hubieron llevado les mandó quitar las cadenas, y con buenas palabras les dijo que presto los enviaría a Méjico."



"Historia verdadera de la conquista de la Nueva España" 
Bernal Díaz del Castillo. 
La llegada de Cortés .Cuadro de Rivera